¿A quién no le gusta lo dramático y lo milagroso? A los seres humanos siempre nos llaman la atención las cosas que son fuera de lo normal. Todos quisiéramos ser los beneficiarios de un milagro o al menos presenciarlo. ¿Quién no quisiera haber cruzado el Mar Rojo cuando fue convertido en tierra seca? ¿Quién no hubiera querido ser uno de los sobrevivientes de la raza humana a bordo del arca de Noé? ¿A quién no le gustaría ver lepra desaparecer, o un ciego ver o caminar sobre agua como que fuera tierra?

Pero en la Biblia no encuentro ni una instancia en la que un milagro convierte a alguien en líder. Sí veo líderes que experimentaron milagros, pero no milagros que hicieron líderes.
Sin embargo, al leer los milagros de la Biblia, encuentro el mismo patrón repetido vez tras vez: instrucción…obediencia…milagro, instrucción…obediencia…milagro.
No es evidente en todos los casos y Jesús muchas veces simplemente hace el milagro pero piénsalo un momento. Moisés milagrosamente liberó a los israelitas de Egipto, pero las primeras palabras de Dios para él fueron, “No te acerques más… quítate tus sandalias…”. Moisés tuvo que escuchar y obedecer y ahí empezó su camino hacia el milagro. Noé salvó a la humanidad y las palabras de Dios para él fueron, “Constrúyete un arca” y pasó 100 años obedeciendo esa instrucción antes de que fuera parte de algún milagro. Naamán buscaba el milagro de ser sanado de su lepra y lo que recibió fue una instrucción de ir a zambullirse siete veces en el río Jordán. Se enojó y si no fuera por sus siervos no lo hubiera hecho y se hubiera perdido su milagro. Pedro caminó sobre el agua pero la palabra que recibió fue “¡Ven!” y de ahí tuvo que salirse de su comodidad y hacer lo ilógico en obediencia a esa palabra. El ciego que mendigaba en Juan 9 recibió su sanidad sólo después de que obedeció las instrucciones: “Ve y lávate en el estanque de Siloé”.
¿Por qué será que esta secuencia se da una y otra vez? ¿Será que es porque mientras nosotros buscamos el milagro, Dios está buscando nuestra transformación? Creo que es precisamente por eso. Al igual que un buen padre, Dios está más interesado en lo que pasa en mí que en lo que pasa para mí. Él quiere bendecirnos con buenos regalos pero Él sabe que lo que pasa en nosotros, perdurará más que lo que pasa para nosotros. A Dios le interesa más cambiarnos a nosotros que a nuestras circunstancias y el cambio interno sí resulta en mejores líderes mientras que el cambio externo simplemente resulta en mejores condiciones.
Esto significa que nuestra primera prioridad tiene que ser aprender a quitar la atención de lo que nosotros queremos de Dios y ponerla en lo que Él está pidiendo de nosotros. Y al discernir Sus instrucciones, tenemos que aprender a obedecerlas sin cuestionar. Quizás la clave para el milagro que tú estás buscando está en que no busques el milagro sino que busques la voz de Dios y, diga lo que diga, la obedezcas.
Y quizás el milagro más grande no es lo que estás buscando, sino lo que ocurre dentro de ti mientras aprendes a escuchar y obedecer.
Pregunta: Lista los milagros que te gustarían ver. Ahora, ¿qué instrucciones te ha dado Dios últimamente? ¿Las estás cumpliendo?
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